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KurtzSteinerz
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Publicado: Lun 26 Jul 2010, 11:28 Título del mensaje:
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Tercera Parte: Los perros de la guerra.
22. Doble traición.
Nadie dudó que el gobierno de Azaña iba a durar bien poco cuando, al día siguiente de su llegada al poder, una marea humana tomó las calles de Madrid el 7 de junio. Esperando fuego de ametralladoras cuando se aproximaran a los cuarteles y edificos gubernamentales, los madrileños que se manifestaban por la libertad estaban listos para morir. Llevaban pancartas en las que se podía leer: "¡Hermanos, no disparéis!". Con férrea determinación y presentimientos de una muerte inminente, marcharon hacia su destino en un día que parecía perfecto para morir.
Pero no pasó nada. Los soldados no dispararon. Todo lo contrario: les abrieron las puertas de sus cuarteles y les ayudaron a izar las banderas rojinegras. Luego se sumaron a sus filas. O, como los policías de diversos cuarteles, simplemente dejaron sus armas y se fueron a casa. Se derramó sangre cuando algunos soldados dispararon contra los obreros que penetraron en las habitaciones donde se habían atrincherado. Si, hubo sangre, pero la derramó el otro bando.
La Cárcel Modelo, con las barricadas levantadas por los
obreros que esperaban tener que asediar el edificio.
Una fiebre de alegría cubrió la ciudad de celebraciones, a medida que la sensación de sacrificio desaparecía. Las masas se comenzaron a organizar, ocupando las etacioens de tren, los centros de comunicación y diversos periódicos. Se dejaron en paz diversos edificios gubernamentales en los que no habían guardias en la puerta, pues, se dijo, que el gobierno popular estaba trabajando ahí dentro. Entonces, alguien gritó: "¡A Palacio!". Y la gente fue hacia el Palacio de Oriente. Pero el rey ya no estaba allí. Esa misma mañana se había escapado a Toledo.
Entonces Azaña se encontró a solas con la masa popular y fue traicionado por uno de los suyos, que también traicionó al rey. No se ha podido encontrar explicación a la acción de Julio Álvarez del Vayo, o si realmente quería decir lo que dijo, pensando que Azaña ya lo anularía después. O, simplemente, si era un traidor infiltrado. Simplemente, del Vayo anunció que el rey había abdicado -lo que no era cierto- y, allí mismo, proclamó la República Socialista Española.
A Azaña se le llevaron los diablos cuando escuchó eso, pero las masas quedaron encantadas y se fueron a casa, salvo por unos pocos trabajadores, conciencientes del momento en que vivían, que se reunieron en el Senado que acababan de "liberar" para formar un consejo popular. Así, mientras Azaña cubría de improperios a del Vayo por su actos, un turbulento, improvisado, no elegido y, peor aún, eficiente parlamento se estaba organizando.
Al conocer esto y desesperando de encontrar una solución pacífica, Azaña vendió su alma al diablo y llamó al cuartel general, sin saber que el "Senado Popular" había decidido posponer cualquier medida hasta la reunión del día siguiente, donde se elegiría a un cuerpo legislativo que anularía al govierno de Azaña. Éste, por su parte, no encontró a un sólo miliar dispuesto a colaborar con él, el presidente de la "Repúblcia Socialista" y no fue hasta la mañana siguiente, la del 8 de junio, cuando consiguió hablar con el general Francisco Franco, que le prometió hacer uso de sus tropas para aplastar la rebelión. Azaña estaba tranquilo. ¡Al menos había una persona decente en el mundo con el que poder hablar con lógica!
Ironicamente, la rebelión se había derrotado ya así misma. La elección del "Soviet" que depondría a Azaña se convirtió con rapidez en una farsa cuando sus líders -la Pasionaria, José Díaz y otros- comenzaron a pelearse entre ellos para garantizar que su visión particular de cómo se tenía que organizar el Soviet era la que triunfaba. Fue una tragedia, la suya, que no fueran capaces de ver los enemigos que se habían creado entre la derecha, sino sólo las caras de sus rivales de siempre de la izquierda. Entoncse los trabajadores comenzaron a gritar sus propias propuestas, y luego los soldados, y luego los camareros. Estalló el caos. Todo acabó sin acuerdo alguno. Tendrían que esperar al día siguiente.
Dolores Ibarruri, la Pasionaria, durante el encuentro
que tuvo lugar, a comienzos de junio, en Las Ventas.
Ese día Azaña estuvo en Las Ventas. Logró derrotar a los extremistas, persuadiando a la masa para celebrar elecciones libres para una asamblea nacional, a la par que rechazaba que el Soviet pudiera servir como gobierno provisional mientras tanto. Los trabajadores lo aceptaron. Entonces se aniquiló así mismo y se creó un enemigo eterno: el ejército. Aceptó, bajo la presión del momento, que los consejos craedos por los soldados tendrían autoridad suprema bajo el control del Comisario Supremo, es decir, Azaña; que esos consejos tendrías capacidad disciplinaria, que los oficiales se elegirían por votación y, finalmente, que no habría necesidad de mostrar ninguna deferencias a los oficiales superiores fuera de las horas de servicio.
Todo el mundo creyó que había ganado. Los trabajadores y los soldados creían que tenía el poder en sus manos. Azaña, que había acabado con la revolución en Madrid. Pero había un hombre que no estaba contento: Francisco Franco.
El 9 de junio, Madrid se despertó con el tronar de los cañones.
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KurtzSteinerz
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Publicado: Lun 02 Ago 2010, 18:26 Título del mensaje:
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Tercera Parte: Los perros de la guerra.
23. La crisis.
En las primeras horas del 9 de junio, revolucionarios y contrarevolucionarios disputaron una sangrienta batalla en las calles de Madrid. En apariencia, ganaron los revolucionarios. Entonces, regalaron su victoria.
Desde el comienzo de la Revolución, la actitud de la tropa era un enigma. Tanto Azaña como Franco esperaban usarla para aplastar a los revolucionarios. Sin embargo, el mayor deseo de la mayoría de los soldados era irse a casa, con sus familias. Apenas quedaron en los cuarteles los oficiales y aquellos soldados que querían hacer carrera militar. La guarnición de Madrid, reducida en números y que tenía el equilibrio de poder en sus manos, había demostrado que, en su situación actual, era más útil para los contrarevolucionarios que para la Revolución.
Pero había una excepción. Y, oh ironía del destino, la excepción la formaba la Guardia Real, el cuerpo independiente creado para salvaguardar al rey y a su família. Formada por los soldados que no había desertado o abandonado la unidad cuando el rey huyó de Madrid, apenas sumaba unos pocos cientos de hombres en armas. Primero habían sido arrestados por el gobierno provisional, y luego devueltos a sus barracones por el ejército, que les vigilaba por si acaso.
Fue mala suerte o, ya que hablamos de España, seamos sinceros y admitámoslo, fue el destino (1), que estuvieran acuartelados en el Palacio de Oriente, la residencia del rey en Madrid. Azaña decidió, por algún raro motivo, disolver la unidad. De repente, era sospechosa de ser "Sindicalista", y se le acusaba del saqueo del palacio, que ellos habían parado, de hecho. Les sacarían de allí y reducierían sus efectivos a 300 hombres. Para ejercer presión, se les retuvo la paga. Todo ello tuvo lugar el mismo día en el que la masa popular tomaba las calles de Madrid (7 de junio).
Este fue (otro) gran error de Azaña. La unidad, apenas 600 hombres ahora, se sintió estafada por su gobierno. Entonces, la situación pasó de ser ridícula a terriblemente seria. La unidad, acertadamente, intuyó que su existencia estaba en peligro. Y además querían su dinero. Lo reclamaron y no obutiveron respuesta.
Ahí se acabó la paciencia de los Guardias. Esa tarde fueron a ver directamente a Azaña, lo que causó una crisis y numerosas visitas a los inodoros ministeriales. Azaña y sus ministros quedaron aterrorizados y trataron a los soldados como si fueran el enemigo. Los despidieron a cajas destempladas y les dieron un ultimátum: Entregar las llaves y se os pagará. Dos horas más tardes estaba de vuelta con las llaves, con sus fusiles y con sus ametralladoras. Liderados por un coronel llamado Granados llamaron a la puerta y preguntaron por Azaña. Pero el presidente acababa de salir corriendo de manera insensata (2) unos minutos antes.
Así que fueron llevados por un aterrorizado bedel al primer ministro que encontró. Le tocó la china a Santiago Carrillo, que recibió las llaves de los guardia. Carrillo telefoneó al ministro de la guerra, Indalecio Prieto y le dijo que tocaba pagar a los soldados. El problema era que Azaña, con las prisas, no había dejado instrucciones a Prieto, y este no estaba demasiado ilusionado con la perspectiva de cargar con el posible muerto, así que se negó a hacer nada hasta no recibir ordenes del presidente del gobierno, tarea harto complicada, pues Azaña seguía corriendo a esas horas. Carrillo no se alteró. Con una amplia sonrisa invitó a los guardias a visitar a Prieto en el despacho de éste.
Por desgracia, la paciencia de los guardias reales estaba más que agotada, así que optaron por pedir las cosas por las bravas. Cerraron a cal y canto todas las entradas y salidas del palacio, ocuparon la central telefónica y arrestaron a todo el "gobierno popular". Les podían haber juzgado y ejecutado allí mismo. No lo hicieron. No querían eso. Lo que querían era su paga.
Azaña supo de estos acontecimientos al alcanzar los cuarteles donde se hallaba su "salvador", Franco'. Esta vez Azaña pensó rapido y con claridad. ¿Quien tenía las armas? ¿Quien tenía el poder? Maldita sea la hora en el que se le ocurrió dejar sin paga a un soldado. Llamó y, con voz tronante, ordenó a Prieto que pagara a los Guardias. Lástima que Franco, en su pequeña tozudez, tuvo que estropearlo todo.
Los Guardias tenían su paga, y el gobierno las llave. Franco les quiso dar matarile. Así, mientras los Guardias dejaban el edificio, llegó unos camiones con tropas y un vehículo blindado, que disparó contra los soldados, matando a tres. Ahora si que los guardias estaban cabreados. Entraron en el edifício y detuvieron a todo el gobierno, llevándose a rastras hasta el palacio real a los ministros, a los que zurraron un poco por el camino, amen de amenazarles de muerte. Un aterrado funcionario que pudo llegar a un cuartel de policía dio la alarma.
Cuando Franco se enteró de su fracaso, se quedó algo alicaído. Pero un fracaso no iba a impedir volver a interarlo. " Ahora mismo envío tropas para liberarles" y comenzó a reunir a todas las unidades disponibles en las cercanías de Madrid que aún fueran leales al gobierno, a Franco o al rey, y los envió a paso ligero a que asaltaran el Palacio Real.
No registró la historia como es que los Guardias sabían de la inesperada visita, pero lo cierto es que cuando las columnas leales llegaron, armas al hombro y con los cañones de campaña tirados por los caballos cubiertos de polvo, se encontraron con los Guardias esperándoles, fusiles y ametralladoras listos. Si nada lo evitaba, estallaría una batalla. Franco, que iba a la cabeza de una de las columnas y que no había dudado en su día de dirigir a sus tropas personalmente asaltando las posiciones de los kabileños, ahora optó por la prudencia, recordando el daño que hacía desactivar una bala de un barrigazo, y se retiró a una posición menos expuesta.
No se sabe como empezó el combate, pero lo cierto es que la artillería gubernamental abrió fuego y la infantería cargó. La batalla duró, con algunas interrupciones, hasta el anochecer, y acabó con la derrota gubernamental, cuyas tropas se desmoralizaron al aparecer trabajadores con sus mujeres y niños, llenándo las calles y uniéndose a los Guardias, que no entendian demasiado bien que pintaban aquellas banderas rojas y negras en todo aquello.
Franco reitró sus tropas y los guardias volvieron al palacio. Azaña, desmoralizado, comenzó a hacer otra vez las maletas, mientras repetía " esto no puede seguir así... así no hay quien gobierne...". Pero no pasó nada. La revolución no tenía lideres en Madrid y ninguna posibilidad de tomar el poder. De hecho, a la Guardia Real todo el tema de la Revolución no se le daba un ardite. Y así le hicieron el mayor favor de todos al atolondrado Azaña.
Al día siguiente de la primera y única victoria "revolucionaria" en Madrid llegó su final. La izquierda política se desintegró en un maremágnum. Los radicales abandonaron el gobierno y formaron nu nuevo partido (PSOE - Partido Sindicalista de los Trabajadores Españoles), encabezado por La Pasionaria y José Diaz. Sin embargo, en Madrid nadie apostaba un pimiento por ellos.
Se formó un "comité provisional revolucionario" que, como buen comité, no tenía poder y se pasó las horas muertas discutiendo sobre sus principios políticos. Lo único útil que hicieron fue convocar a una huelgas genreal para el día siguiente, 10 de junio. Ese día, la calles se llenaron de madrileños por segunda vez. Y esperaron. Y esperaron. Y esperaron. Pasó la mañana, la tarde, y empezó a anochecer. Se acabó la comida y la gente se fue a casa, aburrida, a cenar. Entonces el "commité" salió a dar su discurso, pero las calles de Madrid estaban desiertas.
Franco se animó. El ejécito, reforzado por milicianos realistas, comenzó a recuperar Madrid. A esto siguieron tres horas de combates callejeros en los que la Revolución murió entre cañonazos y combates casa por casa. Así se acabó la tormenta en Madrid, Azaña proclamó la victoria de la democracia y dio comienzo la guerra civil española.
En Londres, el MI6 tachó a Azaña de traidor y a Franco de cobarde. El rey, perplejo, pensaba que Azaña sólo era cobardemente idiota y Franco un inútil. Churchill y Halifax, unidos en su furia, estaban también de acuerdo en que Azaña y Franco no merecían más que acabar en el fondo del Atlántico con una piedra al cuello. Sin embargo, existía un pequeño problema. Nadie en Westminster tenía la más ligera idea de cómo recomponer el rompecabezas español.
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Ultima edición por KurtzSteinerz el Lun 02 Ago 2010, 18:52; editado 1 vez
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KurtzSteinerz
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Publicado: Lun 02 Ago 2010, 18:26 Título del mensaje:
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Y con esto se acaba el asunto revolucionario concerniente a Madrit. Próxima parada, el fin de la Guerra Civil Americana y el comienzo de la España y las maldades del tripartidismo.
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KurtzSteinerz
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Publicado: Lun 09 Ago 2010, 11:56 Título del mensaje:
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Tercera Parte: Los perros de la guerra.
24. El menor de los males.
Tras mucha sangre derramada, la guerra civil americana parecía llegar a su final. Con los restos de los Sindicatos Combinados de América rindiéndose el 30 de mayo, mientras Reed y unos cuantos extremistas desparecían de la faz de la tierra, sólo Long y sus últimos leales seguían luchando. Mientras, la alianza Sindicalista mostraba sus primeras diferencias internas. Brasil -donde se había refugiado Reed, y que le acogió por un tiempo, hasta que el desgraciado revolucionario partiera para su última y fallida aventura en Chile- anunció publicamente su apoyo total a la revolución anarco-sindicalista en España, mientras que sus dos aliados, Mexico y France, se desentendían del asunto. México se limitó a ofrecer apoyo moral, pero nada más, y la Comuna de Franca, tras afirmar que los anarquistas no eran verdaderos sindicalistas, se negaba en redondo a saber nada de la aventura española.

Estos hechos apenas tuvieron repercusión en la guerra. Reducida la resistencia de los AUS a dos bolsas, una en la costa del golfo de Mexico Gulf y la otra aislada en el este de Tennesse y los condados del norte de Luisiana, era meramente una cuestión de tiempo que el sueño de Long llegara a su fin.
En la bolsa del norte la comida estaba drásticamente racionada. Se repetía una y otra vez que se estaba organizando un gran ejército en los puertos del golfo y que llegaría pronto para rescatar a las aisladas unidades que aún resistían en la cada vez más pequeña bolsa unionista. Esta promesa dio algunos ánimos a los soldados de Long, por lo que cavaron más trincheras, construyeron más reductos y se prepararon para resistir. Pero el caos lo dominaba todo. Las defensas variaban dependiendo no ya de cada división, sino incluso a nivel de compañía. Pronto la situación comenzó a recordar la de los negros días de la Gran Guerra. Pese a todo, la disciplina se mantenía.
De repente, sin embargo, llegó el final, de manera inesperada. Tras meses de sufrimientos, de duros combates, de cavar y vivir como ratas, cuando al final Washington ordenó el ataque final, sus tropas se enontraron con trincheras abandonas y con soldados que abandonaban sus armas y se rendían, con una sonrisa de alívio, sin disparar un sólo tiro. No hubo batalla final, sino apenas algunas escaramuzas aisladas. El último acto de la tragedia americana fue un simple paseo militar, sin sobresaltos, sin gloria y, sobre todo, sin más sangre derramada.
En Gran Bretaña el fin de las hostilidades llenó de felicidad a muchos. Por fin el Foreign Office creía saber que harían con respecto a España. Ganarían tiempo enfrentando a ambos bandos mientras esperaban alguna señal. Total, esta política era la que había hecho a Inglaterra la potencia que era ahora. A su debido tiempo Londres tomaría una decisión, dependiendo del curso de los acontecimientos. Curiosamente, tras los encarnizados combates librados en América, esta parecía la mejor opción, y fue aceptada masivamente por el gobieno. Incluso Lord Halifax estaba considerando pasar unos días de descanso en el campo cuando la sublevación Carlista cambió a España de la noche a la mañana.

Este hombre, Francisco Javier de Borbón-Parma y Braganza, era la causa de toda la tormenta. Era la cabeza visible de la casa ducal de Borbón-Parma, pretendiente al ducado de Parma y Piacenza y al trono de España por parte de los carlistas con el nombre de (Francisco) Javier I. Algunos le recordaban todavía en el Reino Unido por su papel en el fallido Asunto Sixtus, un fracasado intento de poner fin a la Gran Guerra.
Así, cuando los carlistas se alazaron en arma con el viejo grito de " Dios, Patria, Fueros, Rey" muchos en Londres no pudieron dar créditos a tales notícias. Parecía que el ala más extremista y conservadora del carlismo había retomado el camino de la guerra. Por ello Churchill convocó a su gabinete en un encuentro de la máxima urgencia. Como Neville Chamberlain recordaría posteriormente en sus memorias (1), fue un momento terrible. Churchill dio un vistazo a la imagen del pretendiente carlista, pegó un suspiro (" Dios mío, que cara de gili... de todos los posibles candidatos a un trono del mundo, fuimos a escoger al más feo de todos..") y, mientras le pasaba la fotografía a Lord Halifax, dijo:
-Señoría, es así de simple. Tenemos que llegar a un acuerdo con los carlistas antes de que estos se vuelvan más radicales todavía - Halifax miró con aire distraído la fotografía (" Joder! Que cara de tonto tiene el muy hijoppu.. esto... el muy candidato..."), se acarició la barbilla y contesto:
-Mientwas esto no ponga en peligwo al impewio...
Eden, que recibió entonces la imagen de Francisco Javier (" Coño! Hasta Baldrick le gana en guapura al tío este!!!!") y suspiró gravemente
-Señoría, otra vez no, por favor...
Mientras Neville Chamberlain miraba la fotografía (" Mierda... al menos no tiene cara de sindicalista..."). Entonces tuvo una idea:
-Primero, incluso si Alemania no está interesada en el asunto español, no podemos permitir que Viena...
-Pero... -comenzó a decir Eden.
-No hay peros que valgan! - Chamberlain gritó!- Pero qué! Guerra, hombre, y ya está! Es lo que el mismo Winston ha dicho. Acción! Ya!
Así las cosas, Winston Churchill vio claramente que no sólo tendría que ir a la guerra por España, sino que, además, lo haría junto al menos malos de los tres peligros españoles.
(1) "SyNDiEz, sYnDiEz, pOr ToDaS ParTEs!". MacMillan, Londres, 1941
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Ultima edición por KurtzSteinerz el Lun 09 Ago 2010, 16:21; editado 2 veces
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KurtzSteinerz
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Publicado: Mar 31 Ago 2010, 20:02 Título del mensaje:
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Tercera Parte: Los perros de la guerra.
25. La política española y su "conceto".
El gobierno carlista era una extraña mezcla de facciones que tenían a Winston Churchill, y a sus leales ministros, entre los que destacaban, por su locuaces silencios y callados alaridos, Lord Halifax y Neville Chamberlain , con una perpetua sonrisa de desconcierto en la cara. Así pues, el bueno de Chamberlain (" GiLiPoLLaS, GiLiPoLLaS pOr DoQUieR!!!!") suspiró y se preparó para escuchar lo que tenía que decir Winston ("Oh, DioNMío... pErO QuE JRaNDisImO CaPUllOoOoOoO!!!!!")
El pretendiente carlista al trono, Francisco Javier de Borbón-Parma, que se había titulado así mismo como Francisco I, no se hablaba con parte de su gobierno y con la mayoría de sus seguidores, que, en la intimidad, cuando hablaban en catalán, lo tachaban de Sindicalista (1). Él, por su parte, no se fiaba de su primer ministro, Manuel Fal Conde, por ser demasiado "derechoso" en el gusto de su Carlista Majestad. Conde, por su parte, era considerado como un "rojazo sindicalista" por su ministro de armamento,. Onésimo representaba a Falange en el gabinete, pues a José Antonio Primo de Rivera no le había dado la real (oh, ironía) gana formar parte de ese "corrupto régimen de ricachones y de curas". Primo esperaba que, una vez Falange se infiltrara en las estructuras de poder las podría subvertir para lanzar la verdadera revolución Falangista.
Luego estaba un curioso caso de carlismo y falangista en la figura de José Luis Arrese Magra, ministro del interior. Arrese, cuya familia de profundas raíces carlistas, había contribuido a crear Falange y estaba unido, por lazos familiares, con Primo, que era primo de su esposa, María Teresa Sáenz de Heredia y Arteta. Por desgracia, Francisco tampoco se fiaba de él, por considerarlo, también, como otro radical.
Luego estaban los militares ("Jesús, que tropa...". Juan Vigón Suerodíaz, ministro de armamento, había sido partidario de Alfonso XIII en el pasado, pero se había unido a los carlistas por considerar al gobierno alfonsino como demasiado liberal (para descojone de Alfonso, de Dávila, su penúltimo primer ministro, y de Calvo Sotelo, el último jefe de gobierno alfonsino antes de la gilisubversión que dio paso a Azaña). Por su parte destacaba (¡y cómo!) Gonzalo Queipo de Llano y Sierra, que era un acertijo envuelto en misterio dentro de un enigma. De familia con conexiones nobiliarias, había sido partidario, en el pasado, del ala moderada del republicanismo de izquierdas. Sin embargo, el ahora jefe de las fuerzas armadas carlistas, era muy crítico de sus políticas más radicales, lo que le había hecho cambiarse de bando y unirse a los carlistas -oh, que coña...- . Otro caso jocoso era el jefe del ejército de tierra, Emilio Mola Vidal, partidario de una dictadura republicana encabezada por los militares. Y míratelo, de lado de un monarca carlista. Ah, cosas veredes... De él sólo se podía pensar que despreciaba tanto el caos republicano desatado por Azaña como el desenfreno revolucionarios de los sindicalistas.
Otro misterio, el comandante de la marina: Tomás Domínguez Arévalo, conde de Rodezno, veterano político carlista no demasiado familiarizado con la marina y sus cosas navales. Pero en fin, nada que no se aprenda sobre la marcha, que dijo Francisco Rex of ToTus Hispaniae. Al menos tenía un buen monárquico como jefe de la aviación en el general Alfredo Kindelán Duany. Había empezado como fiel partidario de Alfonso XIII, pero el puterío que había ocurrido en el país desde el fiasco de Annual le había hecho abrir los ojos. O eso esperaba el monarca carlista.
Este, en fin, era el régimen al que Londres le había jurado eterna amistad...
Al menos, no eran los únicos pardillos.
-Por las bragas de Boadicea... -Churchill no se lo podía creer...
-¿Qué pasa, Winston? -El pobre y católico de Lord Halifax no veía problema alguno...
-Fuck, brother, fuck (2). Perdona, Edward, pero es que nos hemos aliado con el Papa!!!!
-PaPiSTas! PaPiSTas pOr DoQUieR!!!! -gritaba Neville.
-Tranquilo, Neville, tranquilo -le animaba Halifax-. Podría ser peor...
-¿De verdad, so moñas? -Neville estaba tan furioso que amenazó con su puño, muy cerrado, a Halifax. Fue una demostración taaaaaaaaan violenta que Eden se desmayó-. ¡Joder, que estamos aliados con los italianos! ¡Y con los franceses! ¡Como en la última guerra! ¡Y de esas lluvias nos vienen estos lodos, so moñas!
Lord Halifax quedó mudo de espanto al darse cuenta. Entonces entró el rey Jorge VI, que pidió ser informado de lo sucedido. Por un segundo también se quedó mudo mientras pensaba, horrorosamente horrorizado (" Por las bragas de mi bisabuela Vicky... y DOS veces!!!!"). Finalmente, murmuró, perplejo:
-J-j-j-jodeeeeeeeeeeeeeeeer.
(1) Históricamente, Francisco Javier fue detenido por la Gestapo. Tras pasar un mes en una cácel del régimen de Vichy, fue clasificado como " terrorista, comunista y agente británico", lo que le hizo ganador de un tour por Natzweiler-Struthof, Dachau, y Prax. Toma ya.
(2) Hola, Tito Cálico...
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KurtzSteinerz
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Publicado: Mar 07 Sep 2010, 13:15 Título del mensaje:
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Tercera Parte: Los perros de la guerra.
26. Preparativos de guerra
Tomado de " Illustrated History of the Air Power", Ofxord Publications, Ofxordshire, 1999
"Así, cuando comenzó la guerra civil española en julio de 1937, Gran Bretaña era consciente de que las fuerzas navales de sus enemigos potenciales representaban una gran amenaza para sus rutas comerciales. La Royal Navy tenía una ventaja sobre su enemiga principal, la " Flotte de la Commune" francesa: era una fuerza más pequeña que la gala, pero sus buques eran más modernos, más potentes y más rápidos que los sindicalistas.
En 1937, la Royal Navy estaba formada por dos portaaviones ( HMS Hermes y HMS Ark Royal), diez acorazados (dos de la clase Nelson, cuatro Queen Elizabeth y cuatro Sovereign), ocho cruceros de batalla (tres de la clase Admiral, dos Renow y tres Courageous), ocho cruceros ligeros (clase Southampton) y diez flotillas de destructores (nueve de la clase Tribal y una de la 1 A). Cuatro de submarinos de la clase Triton completaban las filas de la marina británica.
El orgullo de la flota: el HMS Ark Royal.
Su principal enemigo, la flota sindicalista de la Comuna de Francia, disponía de tres portaaviones de la clase Orlenáis, cuatro acorazados de la clase Bretagne, modernizados recientemente, tres cruceros pesados (1 de la clase Dunkerque y 2 Comte), diez cruceros ligeros de la clase ( Ducloix) y quince flotillas de destructores, en su mayoría buque antiguos con algún superviviente de la WeltKrieg. La fuerza de submarinos era una mezcla de material nuevo y anticuado: Tres flotillas de viejos submarinos del tipo Lagrange servían junto a seis de la moderna clase Leclerc.
Una patrulla de torpederos Vickers Vildebeest Mk IV
Pese a que se conocía el hecho de que la supervivencia de Gran Bretaña dependía en mantener abiertas las rutas comerciales del Atlántico -algo que se había aprendido de mala manera durante la pasada contienda- y de la importancia de la flota submarina sindicalista, el Mando Costero de la RAF había sido un tanto olvidado durante la reforma de las reales fuerzas armadas que siguió a la liberación de las islas británicas. Cuando comenzó la guerra civil española el Mando Costero apenas contaban con unas pocas patrullas, dotadas todavía del anticuado bombardero de reconocimiento Avro Anso Mk I y el aún más anciano torpedero Vickers Vildebeest. Por ello se realizó un esfuerzo para modernizar esta fuerza, y se seleccionó un diseño americano, el Lockheed Hudson. Este bombardero ligero y de reconocimiento estaba basado en el transporte comercial Lockheed Model 14 Super Electra, y rapidamente comenzó a ser producido como el Hudson Mk I.
Un Lockheed/Armstrong Vickers Hudson
Mientras, en Alemania...
El coronel Kurt Von Strohm sonrió mientras sorbía su cerveza. Luego exclamó, feliz, "Steiner, usted es el sargento más afortunada de toda Alemania."
El sagento Rolf Steiner sonrió y pensó para sus adentros "Y usted, mi coronel, el mayor hijo de la más grande mujer de moral distraída y de caderas de movimientos autónomos más amplios jamás conocido".
-Verá, Steiner, pienso que de esta inesperada oportunidad...
"Lo que quieres decir, so cabrito, es de 'esta increíble y enorme montaña de mierda', so mamón" pensó Steiner.
-... le proporciona una tremenda ocasión de demostrar sus habilidades. -Finalizó von Strohm.
"O dicho de otro modo... o me espabilo o me cubro de mierda"
-... confío en usted, herr Unteroffizier.
"Ya lo creo..."
Mientras von Strohm salía de la habitación, Steiner se acercó a la ventana, a contemplar a su nuevo pelotón.
"Meine Mutter, que pu..."
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